Política

Umbral de lo intolerable – En un click

Umbral de lo intolerable

 – En un click

Colombia asiste una vez más a un episodio que debería sacudir los cimientos del poder, pero que corre el riesgo de diluirse en una ira rutinaria. Las últimas revelaciones sobre reuniones entre altos funcionarios del gobierno de Gustavo Petro y una comitiva conocida como «Papá Strump» no son triviales: son la confirmación de un régimen donde los límites entre lo oficial y lo informal están peligrosamente desdibujados. Lo verdaderamente inquietante no es sólo lo que se sabe, sino lo que sugiere sobre cómo se toman las decisiones en los niveles más altos del gobierno.

La gravedad no reside sólo en la existencia de estas reuniones, sino en su naturaleza y contenido. Las grabaciones indican que no se trataba de procedimientos exploratorios en el marco de una política pública claramente definida, sino de intercambios ambiguos, sin control legal ni transparencia institucional. Que el jefe del servicio de inteligencia indique la posibilidad de influir en el proceso de la fiscalía u ofrecer compensaciones legales a los presuntos contrabandistas es un signo alarmante de hiperactividad y de erosión del Estado de derecho.

Aún más inquietante es el número de «embajadores» que, según las cintas, aparecieron en nombre del presidente o de su familia inmediata. Este fenómeno revela un problema estructural: la desinstitucionalización del diálogo político. Cuando diferentes partidos sin claridad de autoridad o responsabilidad hablan en nombre del ejecutivo, las esferas de autoridad se diluyen y se abre la puerta al abuso, la manipulación y, en el peor de los casos, a redes paralelas de poder.

El caso también reabre con más fuerza el debate sobre la financiación de las elecciones presidenciales. Durante meses, el país ha escuchado desmentidos categóricos, pero las dudas persisten y se acumulan. No es la oposición la que mantiene viva esta polémica: son los hechos, las investigaciones periodísticas y ahora las grabaciones. Un gobierno que no logra disipar estas dudas de manera transparente termina debilitando su legitimidad, no por lo que se le acusa, sino por su incapacidad para disipar las sospechas por la fuerza.

Hay otro factor que agrava la situación: la cantidad de personas que, según las grabaciones de audio, habrían actuado como intermediarios en nombre del presidente o su círculo íntimo. Estas «negociaciones por la puerta trasera» no sólo son caóticas sino también extremadamente arriesgadas. Allí nadie reacciona con claridad, nadie asume responsabilidades y todos operan en una zona gris donde las explicaciones desaparecen. Es la antítesis del gobierno transparente y un caldo de cultivo perfecto para el abuso de poder.

En cualquier país con normas políticas más exigentes, una acumulación de escándalos de esta naturaleza ya habría provocado dimisiones de altos niveles, si no la dimisión del propio jefe de Estado. Esto no es una exageración, sino una comparación básica con una democracia donde el deber de transparencia no es sólo una molestia sino un deber. En Colombia, sin embargo, parece haber una tolerancia peligrosa: cada pánico es grave durante unos días, pero nunca lo suficiente como para tener consecuencias reales. Este desarrollo natural es quizás la mayor pérdida para el Estado de todas.

El país se acerca a un umbral silencioso. El límite de lo intolerable. Trascenderlo sería reconocer que la opacidad, la improvisación y la ambigüedad son características naturales del uso de la fuerza. Evitarlo requiere más que declaraciones: requiere decisiones, claridad y, sobre todo, una comprensión básica de lo que significa gobernar en democracia. Porque cuando el poder pierde su poder, lo que sigue no es el cambio prometido, sino una repetición cada vez más cruda de los viejos vicios que juraron combatir.

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