Economía

Ricardo Roa ni se fue ni se quedó: ni estuvieron ni se fueron – En un click

Ricardo Roa ni se fue ni se quedó: ni estuvieron ni se fueron

 – En un click

La semana pasada se inició un debate detallado sobre la posible responsabilidad del Consejo de Administración ecopetrol dada la perdurabilidad de Ricardo Roa como presidente de la empresa, en medio de problemas reputacionales y riesgos legales que no podían ser ignorados. Hoy, los hechos han evolucionado, pero no en la dirección de una decisión clara, sino en una fórmula transicional que redefine el problema: Roa no fue ni plenamente ratificado ni destituido formalmente, sino temporalmente destituido mediante vacaciones y licencia no remunerada durante más de dos meses.

Esta salida tan demorada, temerosa y retrasada, aparentemente pragmática, plantea una cuestión más compleja que la anterior. Si antes el debate giraba en torno a la posible configuración de una administración desleal al mantener al directivo en el cargo bajo interrogante, ahora la cuestión se desplaza hacia la calidad de la decisión empresarial adoptada. En otras palabras, la cuestión ya no es si la junta actuó en relación con el riesgo, sino si realmente decidió o simplemente gestionó el conflicto. Porque lo cierto es que la figura adoptada no soluciona la crisis, sólo la pospone, porque no hay una decisión de fondo sobre la permanencia o salida del presidente de la empresa, sino una suspensión temporal que sigue posponiendo la incertidumbre corporativa. En términos de gobierno corporativo, esto conlleva un costo normalmente menos visible que legal, pero igual o más relevante: pérdida de claridad en la dirección estratégica y una señal ambigua enviada al mercado.

En efecto, Ecopetrol no es una empresa cualquiera. Es la principal empresa del país, cotiza en los mercados internacionales y representa un activo estratégico no sólo en el sentido fiscal, sino también en el energético y geopolítico. En este contexto, las decisiones (o la falta de ellas) no sólo se leen internamente, sino como señales que afectan la confianza de los inversores, la estabilidad institucional y la credibilidad del país. Cuando la respuesta a una crisis es una pausa, el mensaje que se transmite no es de control, sino de incertidumbre.

A esto se suma un elemento particularmente revelador, pues si bien el Gobierno Nacional tiene mayoría en el Comité Directivo, la decisión adoptada no reflejó un alineamiento automático con la postura presidencial, que era explícita de apoyo a Ro. Por el contrario, lo ocurrido sugiere que incluso los delegados del Poder Ejecutivo enfrentaron un punto crítico, donde el posible riesgo de asumir costos legales a título personal para apoyar el embellecimiento presidencial fue mayor que la lealtad política, sin, sin embargo, asumir plenamente el costo político de la decisión final, mientras aún persiste la incertidumbre jurídica, ya que este hecho expone una gran paradoja política. existe, no actúa como un bloque cohesivo.

La lealtad política no fue suficiente para imponer la decisión final, lo que demuestra que en la práctica influyen otros factores, como la responsabilidad personal de cada miembro del consejo, los riesgos reputacionales acumulados y las posibles consecuencias judiciales y de mercado. En este contexto, la salida temporal aparece como una forma de posponer la crisis y como una señal de indecisión. Desde el punto de vista corporativo, el Consejo de Administración parece haber evitado, al menos a corto plazo, el escenario más crítico de posible responsabilidad por negligencia al no actuar contra el riesgo. Sin embargo, abre otro frente de análisis menos explorado: la procrastinación como forma de gobernanza. Porque en estructuras corporativas de alta complejidad, no tomar decisiones oportunas también puede tener impactos negativos, especialmente cuando se trata de administrar la empresa más importante del país.

Desde el punto de vista político, el episodio revela tensiones internas que no pueden atribuirse sólo a la oposición, ni a presiones externas, ni a las sofisticadas maniobras de los gabinetes de prensa de las «superpotencias», que, más que explicaciones, parecen ser un recurso de distracción. Si los propios delegados del gobierno participaron en una decisión que no coincide del todo con la narrativa del ejecutivo, entonces el debate ya no es sólo entre el gobierno y la oposición, sino también dentro del esquema de gestión de la empresa. Esto explica en parte las reacciones públicas del presidente Gustav Petar, quien cuestionó a la Administración por supuestamente ceder a las presiones, en una narrativa que contradice la propia composición del órgano de gobierno.

Por lo tanto, Ecopetrol queda en un escenario de ambigüedad. Hay presidente, pero no del todo; la decisión existe pero no es definitiva; Hay control mayoritario pero no efectivo, y ahí radica el verdadero problema, ya que el gobierno corporativo no se mide por la capacidad de evitar decisiones difíciles, sino por la capacidad de tomarlas con claridad, oportunidad y responsabilidad. La lección de este episodio es simple y poderosa, porque la indecisión conlleva responsabilidad, a veces menor que la de una mala decisión, pero siempre mayor que la responsabilidad de una decisión clara. Porque cuando el consejo de administración decide detener la crisis, en lugar de resolverla, no elimina el riesgo, sino que sólo cambia su forma y pospone su posible culpa.

Y en el caso de Ecopetrol, ese riesgo ya no es sólo legal o reputacional, es sobre todo institucional. «Ricardo Roa, ni se fue ni se quedó. Ni estuvieron ni se quedaron» resume con precisión la ambigüedad que caracteriza la situación actual: una decisión que no es ni una salida ni una permanente, una junta que no logra fijar un rumbo claro y un escenario en el que todos los actores, aunque tienen poder, quedan atrapados en la zona media. Es, en definitiva, la expresión de una crisis que no ha sido resuelta, sino que ha quedado temporalmente suspendida hasta el próximo gobierno.

ricardo roa

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