En Colombia hablamos frecuentemente de crecimiento, productividad e innovación. Sin embargo, en los últimos años el país ha perdido algo fundamental para avanzar en estos frentes: la arquitectura institucional que permita coordinar las políticas de competitividad de manera seria y sostenible. La recuperación del Sistema Nacional de Competitividad e Innovación y del Consejo Superior de Competitividad debe ser una prioridad para el periodo 2026-2030.
La competitividad no es una política aislada. Es el resultado de muchas decisiones públicas que deben trabajar juntas: educación, infraestructura, ciencia y tecnologíasregulación, logística, comercio exterior, financiación, transición energética y desarrollo territorial. Cuando estas políticas se diseñan e implementan de manera fragmentada, el resultado es predecible: progreso parcial, duplicación institucional y pérdida de influencia.
A lo largo de los años, Colombia ha logrado construir un marco institucional razonablemente sólido para abordar este problema. El sistema nacional de competencia ha permitido que los ministerios, las agencias gubernamentales, el sector privado, la academia y los gobiernos territoriales se articulen en torno a una agenda común. El Alto Consejo para la Competitividad de la Presidencia jugó un papel clave en la coordinación política al más alto nivel.
Este modelo ha permitido avances significativos. Se fortalecieron las comisiones regionales de competitividad, se construyeron agendas productivas territoriales, se impulsaron políticas de innovación y emprendimiento y se consolidaron espacios de diálogo permanente entre el sector público y privado. No era un sistema perfecto, pero creó algo esencial para el desarrollo económico: la coordinación institucional.
En los últimos 3 años, esa arquitectura se ha debilitado. Las prioridades se dispersaron, la coordinación interinstitucional perdió fuerza y muchas decisiones estratégicas comenzaron a tomarse de manera fragmentada. El resultado ha sido una agenda económica menos articulada en un momento en que Colombia enfrenta profundos desafíos estructurales: baja productividad, alta informalidad empresarial y laboral, atraso logístico y una transición energética que requiere nueva capacidad de producción.
La recuperación del sistema nacional de competitividad e innovación no significa la creación de más burocracia. Esto significa reconstruir la plataforma institucional que permita al Estado actuar de manera coherente. El desarrollo económico contemporáneo requiere una coordinación constante entre múltiples sectores de políticas públicas. Sin esa coordinación, incluso las mejores reformas pierden su eficacia.
El Consejo Superior de Competitividad y el DNP son fundamentales en este esquema. Las políticas de competencia rara vez pertenecen a un solo ministerio. Requieren decisiones relacionadas con sectores y niveles de gobierno. Por eso necesitan un liderazgo claro de la Presidencia, que pueda armonizar prioridades, resolver conflictos institucionales y garantizar el seguimiento de las decisiones. El ministerio, junto con la secretaría técnica que encabeza el DNP, demostró ser un diseño que sirvió al país.
Otro elemento clave es la articulación territorial. La competitividad no se construye sólo desde Bogotá. Las regiones tienen diferentes profesiones manufactureras, desafíos logísticos específicos y oportunidades de especialización económica. Las comisiones regionales para la competitividad fueron un espacio valioso para construir un programa de desarrollo productivo local. Su fortalecimiento debe ser una parte central de cualquier estrategia nacional.
Además, el programa de competitividad debe integrarse con la política de ciencia, tecnología e innovación. Colombia necesita aumentar su capacidad para generar conocimiento aplicado y traducirlo en productividad empresarial. Esto requiere una mayor conexión entre universidades, centros de investigación y el sector productivo. El sistema nacional de competitividad puede ser el espacio institucional en el que esta articulación se haga efectiva.
Y el próximo gobierno tendrá que afrontar un contexto fiscal complejo. Precisamente por eso es aún más importante mejorar la calidad de las políticas de desarrollo productivo. Cuando los recursos son limitados, la coordinación institucional se convierte en un activo estratégico. Te permite evitar duplicidades, concentrar tus esfuerzos y maximizar el impacto de cada peso invertido.
Entre 2026 y 2030, el país tendrá la oportunidad de reconstruir sus capacidades institucionales. La recuperación del Sistema Nacional de Competitividad e Innovación y del Consejo Superior para la Competitividad, así como el estatus y capacidades técnicas del DNP, no es un asunto administrativo. Es una decisión estratégica sobre cómo organizar el país para promover la productividad, la innovación y el desarrollo en las próximas décadas.
Daniel Gómez Gaviria