Es fascinante ver cómo ciertos sectores políticos y mediáticos, especialmente en la izquierda occidental, descubren de repente su amor por el derecho internacional cada vez que un dictador ideológicamente similar ve amenazado su poder. En el caso de Venezuela, esta lealtad selectiva resulta en una defensa cerrada del régimen de Nicolás Maduro, como si fuera un gobierno legítimo y no una máquina opresiva que ha empobrecido, marginado y silenciado a millones de ciudadanos. La pregunta es inevitable: ¿qué nos obliga a defender a un dictador que ha causado tanto sufrimiento a su pueblo?
La respuesta no está en la democracia, ni en la soberanía popular, y mucho menos en los derechos humanos. Es en la fidelidad ideológica. Para estos defensores del chavismo, Venezuela no es una nación con ciudadanos, sino un símbolo. Y los símbolos, como sabemos, importan más que la realidad. No importa que el país esté arruinado económica y socialmente, que se haya convertido en un estado narcotraficante o que la opresión sea estructural. Mientras el régimen diga ser «antiimperialista», todo será ruido.
El farsi se volvió insostenible después de las elecciones de 2024, cuyo resultado fue cuidadosamente enterrado bajo un silencio administrativo tan opaco como revelador. Maduro perdió decisivamente, pero decidió gobernar como siempre: no con votos, sino con armas. Aquí es donde es importante recordar una verdad que algunos parecen haber olvidado: la victoria electoral no es secundaria al poder democrático, es su única fuente de legitimidad. Sin ella, lo que queda es la fuerza bruta. Imperio sin soberanía.
Sin embargo, los defensores del régimen insisten en invocar la «soberanía nacional» como si fuera propiedad privada del dictador. Olvidan o fingen olvidar que la Constitución venezolana establece que la soberanía reside únicamente en el pueblo. Ni en el presidente, ni en el partido, ni en la cúpula militar. Cuando un gobierno ignora el mandato popular y gobierna por el miedo, el dominio ya se ha roto desde las profundidades.
Recurrir a una lectura rígida y formal del derecho internacional para defender un Estado autoritario no es una posición jurídica respetable, sino una licencia de ausentismo moralmente indecente. Es convertir la ley en un escudo para el abuso y la norma en un refugio para el tirano. Resulta especialmente sospechoso exigir respeto a las normas internacionales a quienes nunca han respetado esos principios básicos: la vida, la libertad y la dignidad humana.
Lo más inquietante es el concepto de autoridad que subyace a esta defensa. Para la izquierda cada vez menos marginal e institucionalmente radicalizada, la soberanía no proviene del pueblo, porque eso implicaría aceptar compromisos y derrotas. Es provocada por el líder, quien tiene la supuesta superioridad moral que le confiere la ideología. Es el viejo autoritarismo, sólo que esta vez Dios ha sido reemplazado por una doctrina revolucionaria.
Defender a Maduro no es un error analítico, es una declaración de principios. Significa afirmar que la democracia es indispensable si el proyecto político es correcto. Que los derechos humanos son negociables si el dictador es «uno de nosotros». Y que el sufrimiento del pueblo venezolano es un daño colateral aceptable. Ante esta obscenidad política, la ironía es casi innecesaria: la realidad ya ha hecho el trabajo.
XG