Ciudad de México, 8 de febrero (EFE).– Como forma de abrazar a su paisano Gabriel García Márquez, el escultor colombiano Joaquín Restrepo envió desde México a Budapest mariposas amarillas, uno de los símbolos de la obra del autor de ‘Cien años de soledad’.
«Me pidieron que hiciera un busto de Gabo en el parque con su nombre en la capital húngara, pero les propuse crear algo relacionado con el maestro y también con mi obra; así que hicimos tres estatuas triangulares; una mira al Danubio, la otra le da la espalda», explicó Restrepo en una entrevista con Efe.
Realizadas en Xochimilco, no lejos de donde se escribió la mayor obra del colombiano, las figuras de 21 mariposas de bronce rinden homenaje al novelista colombiano más importante, premio Nobel de literatura en 1982, en una ciudad que renace de vez en cuando, como muchos de los personajes de los libros de García Márquez.
«No conocía al maestro, pero tengo dedicada su autobiografía ‘Vive para contarlo’. Budapest es una ciudad que ha sido tomada muchas veces», explica al referirse a la ciudad, sobre la que Gabo escribió tras visitarla.
En ‘Cien años de soledad’, las mariposas amarillas preceden la aparición del aprendiz de mecánico Mauricio Babilonia, un hombre con olor a aceite de motor, que encanta a Meme, una mujer de la quinta generación de la familia Buendía. Para sus lectores, las mariposas son un símbolo de la escritura del narrador e incluso se han escrito canciones sobre ellas.
Un nómada bajo el sol
Del otro lado de los artistas bohemios, desvelados, que necesitan alcohol o drogas para trabajar, Restrepo es un nómada bajo el sol.
Sólo es creativo durante el día; Viaja varias veces al mes, se acuesta temprano, hace ejercicio y más que en las musas, confía en su niño interior.
«Tengo la conexión con el niño pequeño, permanece muy viva. De hecho, mi terapeuta y yo recientemente hicimos un viaje a mi infancia y no pude encontrarla en el pasado porque llevaba a ese niño conmigo», dice.
La mirada a veces infantil del artista evoca empatía, lo que se refleja estos días en su exposición en Campeche, con varias esculturas relacionadas con encuentros y desencuentros, uno de los temas de la obra del antioqueño.
«La expo trata de los encuentros y desencuentros que podemos tener con los demás, pero que también podemos tener con nosotros mismos; “Estará en Campeche hasta finales de febrero”, explica.
La obra de Restrepo se pregunta qué somos como personas cuando nos quitamos la ropa; Qué somos sin títulos universitarios ni egos, algo actual en las esculturas que hoy están en México y que anteriormente han recorrido otros lugares del país, como parte de un proyecto con el Centro Nacional de las Artes.
«Siempre es un regalo exponer en México, un país cercano. Me gusta el color, el olor, caminar por sus calles, el Bosque de Chapultepec, el museo de antropología y el Soumaya, con una colección de obras mal colocadas, pero con más joyas de (Auguste) Rodín que en París», confiesa.
Lejos de la perfección
Restrepo admira el genio de Miguel Ángel, pero prefiere a Giotto porque es imperfecto, a veces torpe y por tanto más humano y cercano.
«Soy el tipo de persona que le gusta repetir experiencias, con la gente, de regreso a las mismas ciudades. Me tomo en serio las llamadas de la vida, no elijo ir a una ciudad, sino que la ciudad me llama y luego voy. La curiosidad excesiva es lo que nos impulsa a ser artistas; «Somos niños que nunca crecen», reflexiona.
Crear belleza es el atajo del colombiano para silenciar su ego, para escapar del mundo actual, sin líderes. Se da cuenta de que, como casi todos, a veces divaga en su mente, pero cuando logra minimizarlo es como un atleta levantando las manos en señal de triunfo.
«Si puedo calmar mi mente, es maravilloso. Si crees que está empezando a llover, hay tormenta. Si te calmas, la lluvia para y los pájaros cantan», concluye.