

Por: Editorial Política EJE 21
Miami, 24 de diciembre de 2025. La disputa entre Estados Unidos y Venezuela entró en una nueva fase de alta tensión diplomática al trasladarse al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, donde ambas partes presentaron puntos de vista opuestos sobre el conflicto, con acusaciones superpuestas que van desde narcotráfico y terrorismo hasta agresión económica y militar. El debate no sólo reflejó la profundidad de la ruptura bilateral, sino que expuso las divisiones internas de la comunidad internacional a la luz de la crisis en Venezuela y el uso de sanciones como herramienta de presión geopolítica.
Washington defendió una política de máxima presión contra el gobierno de Nicolás Maduro, que se centró principalmente en el sector petrolero, principal fuente de ingresos del país sudamericano. El embajador de Estados Unidos ante la ONU, Mike Waltz, dijo que su administración endurecerá las sanciones para evitar que Caracas siga exportando crudo a través de una red de buques que ya han sido sancionados. Según Estados Unidos, estos recursos no están destinados al bienestar público, sino a financiar actividades criminales relacionadas con el narcotráfico, en particular el llamado Cartel de los Soles, que Washington clasifica como organización terrorista, junto con el tren Aragua.
En su discurso, Waltz confirmó que la administración de Donald Trump está dispuesta a utilizar todo su peso político, económico y estratégico para desmantelar estas redes, y presentó al gobierno de Venezuela como una entidad que permite las actividades de grupos armados y aliados externos que Estados Unidos considera hostiles. Para la Casa Blanca, la capacidad de Venezuela para seguir vendiendo petróleo es el factor clave que mantiene a Maduro en el poder y le permite mantener una estructura que, a su juicio, combina autoritarismo, corrupción y crimen transnacional.
Caracas respondió con una acusación frontal: Venezuela solicitó una reunión de emergencia tras la incautación de dos petroleros en el Caribe y la represión militar estadounidense sobre un tercero, hechos que el gobierno venezolano calificó como actos de piratería y agresión. En una carta dirigida a los Estados miembros de Naciones Unidas, Maduro advirtió que el endurecimiento de la prohibición no sólo afectaría a Venezuela, sino que podría tener consecuencias en el mercado energético internacional, en un contexto global ya caracterizado por la volatilidad de los precios y la vulnerabilidad de las economías más pobres.
El embajador de Venezuela ante Naciones Unidas, Samuel Moncada, retomó el tono del discurso al calificar la acción estadounidense como un «crimen agresivo en progreso» y argumentó que los objetivos de Washington iban más allá de Venezuela. Según Moncada, la política estadounidense busca consolidar su influencia en todo el continente, debilitando la soberanía de los países de la región a través de sanciones, presiones militares y disputas diplomáticas. En su análisis, el conflicto actuará ahora como un elemento disuasivo para que otros gobiernos se alejen de la órbita estadounidense.
La discusión rápidamente descendió a la lógica de bloques. Rusia y China apoyaron a Caracas y cuestionaron fuertemente las sanciones estadounidenses. Moscú advirtió que este tipo de intervenciones son parte de un patrón recurrente que ha contribuido al caos político y social en el hemisferio occidental, mientras que Beijing pidió el levantamiento de sanciones unilaterales y la seguridad del transporte marítimo internacional, subrayando el impacto negativo de estas medidas en el comercio internacional.
Sin embargo, el Consejo de Seguridad mostró una división más compleja que un simple enfrentamiento entre potencias. Varios países latinoamericanos y europeos intentaron equilibrar su posición entre el rechazo al fortalecimiento militar y la condena del régimen autoritario del gobierno venezolano. Gran Bretaña cuestionó públicamente la legitimidad de Maduro y condenó la falta de transparencia en las elecciones presidenciales de 2024, cuyos resultados oficiales aún no se han publicado, un hecho que para muchos gobiernos refuerza la percepción de colapso institucional en Venezuela.
Chile, Panamá y Argentina acordaron no reconocer al actual gobierno de Venezuela. Buenos Aires destacó la difícil situación de más de mil presos políticos y condenó casos típicos como el del extremista argentino Nahuel Gallo, que estuvo detenido durante un año. Chile, por su parte, adoptó una postura crítica tanto hacia Washington como hacia Caracas: expresó preocupación por el despliegue de operaciones militares estadounidenses en el Caribe, pero también destacó las graves violaciones de derechos humanos, el deterioro democrático y la crisis de refugiados que atraviesa Venezuela.
Brasil, Colombia y México insistieron en que la única solución sostenible era a través del diálogo y una solución política negociada. Brasil reiteró su voluntad de facilitar el diálogo entre las partes, a pesar del fracaso de los esfuerzos de mediación anunciados en 2024 sin resultados tangibles. Estos países advirtieron que una escalada del conflicto podría tener consecuencias humanitarias devastadoras y desestabilizar aún más una región que ya experimenta altos niveles de migración y tensión económica.
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Más allá de las declaraciones formales, la reunión del Consejo de Seguridad dejó un mensaje claro: el conflicto entre Estados Unidos y Venezuela ya no se limita a sanciones bilaterales o lenguaje político. El petróleo, el control de las rutas marítimas, las acusaciones de tráfico de drogas y las disputas sobre la legitimidad democrática se han convertido en parte de conflictos más amplios, donde se cruzan intereses estratégicos internacionales. En este escenario, la comunidad internacional sigue dividida entre la presión, la mediación y la inercia mientras la crisis en Venezuela continúa sin una solución clara a la vista.