


Por: Editorial Política EJE 21
Bogotá, 28 de diciembre de 2025. La propuesta de convocatoria a una convención constitucional que comienza hoy en Colombia no es un simple debate jurídico ni una forma más de participación ciudadana. Se trata esencialmente de un proyecto de reestructuración total del poder estatal, introducido desde el corazón del gobierno del presidente Gustavo Petro y diseñado para superar –según sus promotores– lo que llaman «estancamiento institucional» en el Congreso. Sin embargo, una lectura atenta del proyecto de ley revela un objetivo más ambicioso y controvertido: cambiar los controles y equilibrios democráticos, debilitar la separación de poderes y consolidar las decisiones políticas en el poder ejecutivo y en una agencia con poderes extraordinarios.
El 26 de diciembre se formalizó el primer movimiento político: la inscripción de la comisión de promoción en el Registro Nacional. Aunque sobre el papel se trata de un grupo de nueve, el apoyo político es incuestionable. El propio presidente Petro no sólo ha defendido la Asamblea Constituyente, sino que ha reivindicado una meta sin precedentes –10 millones de firmas– como apoyo público, una cifra que apunta más a una demostración de poder político que a una simple afirmación ciudadana.
Un documento que prevé una reforma completa
El proyecto, contenido en un documento de 36 páginas elaborado durante tres meses con el apoyo de un destacado consultor externo, propone un Congreso con la capacidad de revisar casi todos los pilares del Estado colombiano. El diseño institucional propuesto exige un parlamento de 125 representantes, elegidos mediante una combinación de voto popular, cuotas étnicas, representantes campesinos, escaños de paz y representantes del exterior.
Desde el comienzo de su período de sesiones -limitado a tres meses- la Asamblea asumiría la primacía sobre el Parlamento y el Poder Judicial. El texto estipula que estas instituciones sólo deben desempeñar un papel no reservado a la autoridad y cooperar «armoniosamente» con ella. En términos políticos, esto equivale a una suspensión parcial del equilibrio de poder durante el proceso, algo que no ocurría desde la Constitución de 1991 y que provoca una profunda alarma en el sistema democrático.
El «argumento del bloqueo»: un análisis controvertido, una solución extrema
La principal justificación del proyecto es que el modelo presidencial colombiano enfrenta una parálisis prolongada debido a la resistencia del Congreso a implementar reformas estructurales. Según este análisis, una asamblea constitucional parece ser una solución legítima para cumplir el propósito del Estado social de derecho.
Sin embargo, el alcance de los temas tratados excede con creces esa explicación. El documento agrupa bajo un mismo paraguas temas tan diversos como el cambio climático, la implementación del acuerdo de paz, el sistema de salud, la educación, la vivienda, la reforma agraria, la política de drogas, el modelo económico, la justicia, la integridad territorial y la autonomía de los grupos étnicos. En la práctica, casi no hay área de la vida institucional que no sea vulnerable a una reescritura.
Para algunos constitucionalistas, este enfoque convierte a la Asamblea Constituyente en una «pizarra en blanco» donde sólo se respetarían los tratados internacionales y los derechos de las comunidades étnicas. Todo lo demás estaría abierto a una redefinición política.
Justicia constitucional fortalecida… y política.
Una de las cuestiones más delicadas es la propuesta de crear un tribunal constitucional independiente con mayores poderes para corregir la «inacción estructural». Aunque el fortalecimiento del control constitucional puede parecer sensato en abstracto, el contexto político levanta sospechas.
Un tribunal con la capacidad de reemplazar al Congreso cuando no está legislando podría convertirse en un actor político destacado, debilitando el proceso legislativo y transfiriendo decisiones importantes a un organismo que no es elegido popularmente. En un escenario de polarización, el riesgo de politización de la justicia constitucional aumenta dramáticamente.
El Banco de la República en el punto de mira
En el plano económico, la propuesta confirma una línea que el presidente Petro ha defendido repetidamente: revisar la autonomía y el mandato de los bancos republicanos. El documento habla específicamente de «ajustar» sus operaciones, mejorar su papel y alinear la política monetaria con la agenda popular de desarrollo productivo.
Además, se propone rescatar a los bancos públicos, limitar la subcontratación laboral y crear zonas económicas especiales con un fuerte control estatal sobre la producción y distribución de ganancias. Para el mercado y los economistas, este enfoque representa un cambio profundo en las reglas del juego que han garantizado la estabilidad macroeconómica durante décadas.
Las preocupaciones no son menores: afectar la autonomía de los emisores implica enviar una señal de incertidumbre a los inversores y a los mercados, especialmente en situaciones fiscales complejas.
Violencia, justicia y mayores compensaciones
En materia de orden público, la Asamblea Constituyente se presenta como un gran compromiso con la armonía nacional. El texto abre la puerta a que actores armados –sin hacer una distinción clara entre delitos comunes, grupos armados organizados u organizaciones criminales– accedan a beneficios sociales y legales mediante la rendición o negociaciones políticas.
Además, se propone otorgar rango constitucional a la justicia restaurativa y ampliar el plazo de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) mientras persistan las causas estructurales de la violencia. Este enfoque está suscitando críticas, ya que podría conducir a la extensión indefinida de los sistemas de justicia de transición y a mayores beneficios para los responsables de delitos graves.
El punto más importante: el poder presidencial.
Quizás el aspecto más sensible del proyecto sea el rediseño del sistema político. La propuesta incluye una disposición que permitiría al presidente promulgar legislación cuando el Congreso enfrente una «legislación total» sobre cuestiones sociales. En otras palabras, se institucionaliza una manera para que el poder ejecutivo produzca normas con fuerza sustantiva de ley, lo que debilita aún más al poder legislativo.
A esto se suma una petición clave: otorgar al presidente poderes extraordinarios durante seis meses antes de las elecciones a la Asamblea Constituyente, para que pueda controlar el sistema electoral del proceso por decreto. Es decir, la Comisión no sólo presentaría el Congreso, sino que definiría unilateralmente las reglas mediante las cuales sus miembros serían elegidos.
Para muchos sectores del poder público, este diseño implica una concentración de poder sin precedentes en las elecciones presidenciales y en una institución sin una gobernanza clara.
Un país ante una decisión de planificación
Si bien el gobierno presenta a la Asamblea Constituyente como una herramienta democrática y participativa, el contenido del proyecto muestra apuestas institucionales de alto riesgo. No se trata sólo de abrir reformas, sino de redefinir la arquitectura del Estado, cambiar el equilibrio de poder y aumentar significativamente la capacidad de toma de decisiones del poder ejecutivo.
El debate que está por comenzar no es menor: ¿Es legítimo utilizar una asamblea constituyente para resolver las tensiones políticas actuales? ¿Hasta dónde puede llegar el poder popular sin poner en peligro las contramedidas democráticas? ¿Y quién controla el poder cuando se reúne bajo la bandera del cambio?
Colombia vuelve a entrar en un debate fundamental. Pero esta vez la cuestión no es sólo qué constitución se desea, sino qué tipo de democracia se desea preservar.