Por: Comité Editorial Internacional EJE 21
Barcelona, 12 de enero de 2026. Irán atraviesa una nueva ola de protestas que, por su intensidad y extensión, se han convertido en el mayor desafío interno al poder desde los fuertes de 2022. Desde hace más de dos semanas, distintas ciudades del país son escenario de protestas contra el gobierno de Masud Pezeshkian, en un momento caracterizado por un rápido deterioro de los niveles de vida y una respuesta dominante a la represión que ha vuelto a ser la principal respuesta a la represión.
El detonante inmediato fue la eliminación del tipo de cambio preferencial para bienes básicos, una decisión económica que afectó directamente a los precios de los alimentos y profundizó la crisis del rial iraní, que perdió casi el 40% de su valor el año pasado. Al mismo tiempo, la inflación de los bienes esenciales se ha disparado, y las estimaciones predicen aumentos de hasta el 70% para 2025. A este panorama se suman graves sequías y una crisis energética que provoca escasez de agua y frecuentes cortes de energía, lo que alimenta el malestar social.
A diferencia de otras protestas, las primeras consignas no apuntaban a un cambio de régimen, sino a la incapacidad del gobierno para gestionar la economía. Estos matices permitieron que sectores normalmente cercanos al sistema, como los pequeños comerciantes y parte de la clase media urbana, participaran en las centrales eléctricas. Esta inesperada base social, sin embargo, acabó provocando que las autoridades, que rápidamente pasaron de una discusión moderada a una política de criminalización de las protestas, acusaran a los manifestantes de actuar bajo influencia extranjera y atacar los valores religiosos.
La respuesta represiva ha sido poderosa. A partir del jueves pasado, el acceso a Internet quedó prácticamente cerrado en todo el país, una medida que se repite en tiempos de crisis para limitar el intercambio de información. Las organizaciones de derechos humanos condenan el uso sistemático de la fuerza por parte de milicias y fuerzas de seguridad. Según datos recogidos por activistas en el extranjero, hay cientos de muertos y miles de presos mientras hospitales y morgues funcionan en sus fronteras. Aunque es difícil verificar las cifras debido al cerco informativo, el patrón de violencia es consistente con episodios anteriores.
El trasfondo político de esta crisis va más allá de lo económico. La administración se enfrenta a un momento de debilidad estructural, después de que algunas de sus apuestas estratégicas en política exterior resultaran contraproducentes y bajo la presión constante de las sanciones internacionales. El recuerdo reciente de ataques a instalaciones nucleares y las advertencias de Washington e Israel alimentan los temores de los líderes iraníes de una escalada externa en medio de un frente interno cada vez más volátil.
A pesar de la magnitud de las protestas, el panorama sigue siendo incierto. La oposición sigue fragmentada y sin un liderazgo unificado que pueda transformar la ira en una alternativa política clara. El mensaje que llega de las calles, sin embargo, es poderoso: el contrato social está roto. La combinación de crisis económica, represión y falta de medios de participación ha expuesto una profunda desconexión entre el poder y la sociedad. Más allá de su resultado inmediato, las protestas una vez más pusieron sobre la mesa una demanda central: un cambio profundo que incluya el respeto a los derechos humanos y una posibilidad real para los iraníes de determinar su propio futuro.