Cuando las instituciones políticas no logran equilibrar la justicia, la libertad y la seguridad, destruyen la confianza que buscan inspirar. Señor David Omand (2010).
La inteligencia estratégica es la capacidad de un Estado democrático para transformar datos dispersos en conocimiento útil: predecir amenazas, proteger a sus ciudadanos y preservar el orden constitucional. En los últimos años, Colombia ha decidido hacer todo lo contrario: ha convertido sus dos principales agencias de inteligencia civiles: la Dirección Nacional de Inteligencia (DNI) y Unidad de Análisis e Información Financiera (UIAF)—en el epicentro de uno de los escándalos institucionales más graves de las últimas décadas.
Colombia tiene una dolorosa memoria institucional en este ámbito. Durante décadas, el Departamento de Seguridad Administrativa (DAS) ha sido prueba de lo que sucede cuando la inteligencia es capturada por el gobernante en el poder: los magistrados de la Corte Suprema son interceptados ilegalmente, los periodistas son rastreados e intimidados, los defensores de los derechos humanos son perseguidos y la inteligencia se convierte en un instrumento de poder personal. El precio fue muy alto, en términos de credibilidad internacional, en términos de violación de derechos básicos y de la legitimidad del Estado.
Por esta razón, en 2011 Colombia suprimió el DAS y creó el DNI mediante el Decreto 4179: un organismo civil, técnico, apartidista, al servicio del Estado, no del gobierno. La promesa era clara: nunca más. Quince años después, la historia se repite con otro nombre. Hoy, bajo el gobierno del presidente Gustav Petar, el DNI está dirigido por ex miembros del M-19 sin formación en inteligencia estratégica, utilizando el amiguismo como único criterio de selección. La misma lógica que destruyó al DAS hoy amenaza con destruir lo que se construyó sobre sus cenizas.
Sería injusto echarle toda la culpa al actual gobierno sin reconocer los fallos de diseño que ha sufrido el DNI desde su creación. La primera y más grave: la carrera de inteligencia del Estado nunca se constituyó. Todos los funcionarios son nombrados y removidos libremente, lo que lo hace estructuralmente vulnerable a la captura política con cada cambio de gobierno. Ningún servicio de inteligencia exitoso en el mundo (ni el MI6 británico, fundado en 1909, ni el Mossad israelí, ni la CIA, ni el BND alemán) funciona así. Todos ellos cuentan con funcionarios técnicos de carrera cuya perdurabilidad trasciende los ciclos electorales.
Otro defecto de diseño es la ausencia de una doctrina de inteligencia colombiana. El Manual de Inteligencia Estratégica (1949) de Sherman Kent sigue siendo una referencia académica en Estados Unidos porque refleja principios nacionales que trascienden a los gobiernos. Colombia no tiene equivalente. No existe un cuerpo doctrinal construido por y para los colombianos que establezca claramente qué amenazas enfrenta el país, cuáles son sus prioridades estratégicas a largo plazo (crimen transnacional, riesgos ambientales, seguridad cibernética, geopolítica regional) y cómo debería operar la inteligencia civil para abordarlas. Sin doctrina, cada nuevo director reinventa la rueda, o peor aún: la utiliza para sus propios fines.
Error tres: el Comité de Supervisión de Inteligencia del Congreso existe sobre el papel, pero carece de recursos, información clasificada y fuerza política para ejercer una supervisión real comparable a la del Comité de Inteligencia y Seguridad del Parlamento británico, creado en 1994, o al Comité de Inteligencia del Senado de Estados Unidos.
La Ley 1621 de 2013, nuestra ley marco en materia de inteligencia, es exhaustiva: la función de inteligencia debe limitarse al respeto de los derechos humanos y no puede utilizarse para perseguir a la oposición, movimientos sociales o periodistas en el ejercicio de sus funciones. El Tribunal Constitucionalen la sentencia C-540 de 2012 fue categórico: la inteligencia informa, no incrimina; No es una actividad judicial y está separada del proceso penal por mandato constitucional.
La realidad actual contrasta brutalmente con ese mandato. En 2025 se documentaron en Colombia 469 agresiones a 305 periodistas. Actores e instituciones expresaron preocupación por la influencia del Estado en la información de los medios. El director de la DNI aparece en el video en reuniones con el abogado Diego Marino Buitrag, alias «Papá Pitufo«, uno de los delincuentes más buscados del país, ofreciéndole los beneficios de la «paz total» en la propia sede de la institución. Noticias Caracol descubrió que al menos cuatro emisarios del oficialismo están negociando en secreto con el mismo abogado. Esto no es inteligencia estratégica. Es, en el mejor de los casos, un delito constitucional grave, podría abusar de un delito público.
Igualmente preocupante es la falsa representación del gobierno en otras ramas del estado. El Poder Ejecutivo operó en un área que corresponde exclusivamente a la Fiscalía, los jueces y el marco jurídico de sometimiento; ignoró las señales de alarma de organismos de vigilancia como la Procuraduría General de la República; y respondió a las decisiones de los tribunales superiores con resistencia y descalificación pública. Un gobierno que no respeta la separación de poderes no puede albergar un servicio de inteligencia que la respete.
Por otro lado, la Unidad de Análisis e Información Financiera de la UIAF—creada por la Ley 526 de 1999—es el nodo central del sistema colombiano contra el lavado de dinero y el financiamiento del terrorismo. Procesa millones de transacciones, rastrea el camino del dinero criminal y brinda información a la Fiscalía, la policía, la DIAN y las autoridades de control. Su autonomía técnica e independencia política no son lujos burocráticos: son una condición que permite la cooperación internacional en el campo de la inteligencia financiera.
El 4 de septiembre de 2024, el presidente Petro dio a conocer públicamente el contenido de una carta confidencial enviada por la Unidad de Inteligencia Financiera de Israel a la UIAF colombiana. El resultado fue inmediato: Colombia fue suspendida de Egmont Secure Web (ESW), una plataforma de intercambio de inteligencia financiera que conecta a más de 170 entidades en todo el mundo. El Grupo Egmont fue claro: las unidades de inteligencia financiera deben estar libres de cualquier influencia o interferencia indebida de naturaleza política que pueda comprometer su independencia operativa. Llevamos más de año y medio en esta situación y no se han tomado las acciones necesarias para restablecer la membresía.
Lo que siguió desafió toda lógica institucional. El 7 de abril de 2026, mediante Decreto 0367, el Gobierno designó como director de la UIAF a Wilmar Mejía, persona con presuntos vínculos con la información encontrada en los archivos de alias Calarcá, jefe de la disidencia de las Farc. El nuevo director sería acusado de filtrar información confidencial de la DNI a grupos armados ilegales. Este nombramiento no es sólo un error de gestión. Es una señal devastadora para los colombianos que creen que la confidencialidad de su información financiera –sus cuentas, sus transacciones, sus movimientos de capital– está protegida.
La información manejada por la UIAF incluye rastros financieros de narcotráfico, crimen organizado y redes de corrupción. Si quien lo dirige tiene presuntos vínculos con alguno de estos actores, la consecuencia no es una irregularidad administrativa: más bien, el crimen organizado puede acceder a información que el Estado utiliza para combatirlo. Esto no es retórica. Es una ruptura del estado de derecho en su núcleo más sensible.
Colombia ocupa actualmente una posición relevante en GAFILAT (Grupo de Acción Financiera Latinoamericana), lo que contrasta con los recientes cuestionamientos sobre la estabilidad y autonomía de su unidad de inteligencia financiera. Un cambio importante en el liderazgo de la UIAF y las tensiones en sus relaciones internacionales generan preocupaciones sobre el cumplimiento de estándares clave como la Recomendación 29 del GAFI, que requiere independencia operativa.
De cara a la quinta ronda de evaluaciones mutuas, estos factores podrían influir en la percepción internacional sobre la efectividad del sistema colombiano contra el lavado de dinero. Aunque una eventual inclusión en la lista gris no es automática, existe el riesgo de un mayor escrutinio, con posibles efectos en los costos de financiamiento, la banca corresponsal y la inversión extranjera.
Por otro lado, la inteligencia moderna no se limita al terrorismo y al narcotráfico. Las agencias más avanzadas del mundo (CIA, MI6, ASIO de Australia, BND de Alemania) han ampliado sus programas para incluir los riesgos ambientales y climáticos como amenazas a la seguridad nacional; el crimen organizado transnacional y sus vectores financieros; ciberseguridad y ataques a infraestructuras críticas; riesgos geopolíticos regionales, incluida la influencia de potencias extrarregionales en América Latina; y riesgos electorales e interferencia en los procesos democráticos.
Colombia enfrenta todos estos riesgos al mismo tiempo que su agencia de inteligencia civil está ocupada con escándalos relacionados con la detención de narcotraficantes y reuniones con abogados de contrabandistas.
Los países desarrollados lo son, en parte, porque han creado servicios de inteligencia profesionales que sirven a los intereses del Estado, no al gobierno. Estados Unidos creó la CIA en 1947 en respuesta al fracaso en predecir Pearl Harbor. El Reino Unido reformó su marco legal en 1994 para garantizar un control parlamentario eficaz. Alemania necesitó sesenta años y la decisión del Tribunal Constitucional Federal del 19 de mayo de 2020 para proteger su servicio de inteligencia de las injerencias políticas. Chile está construyendo un nuevo ecosistema de inteligencia con una nueva ley -aprobada en enero de 2026- luego de siete años de debate legislativo. Colombia tiene una ley desde 2013, una institución desde 2011, y este gobierno las está destruyendo en tiempo real.
La diferencia entre la inteligencia al servicio del gobierno y la al servicio del Estado no es semántica, sino constitucional: la primera responde al gobernante en el poder, está políticamente instrumentalizada y distorsiona la información según los intereses actuales; El otro sirve a la nación, trasciende los ciclos electorales, trabaja con criterios técnicos y está sujeto al control democrático. De ahí la necesidad de una doctrina de inteligencia para la democracia –no el autoritarismo– que no confunda la crítica con la amenaza ni la oposición con el enemigo interno. Un servicio de inteligencia politizado no anticipa riesgos porque deja de proteger a los ciudadanos y se concentra en proteger a quienes están en el poder.
La recuperación del ecosistema de inteligencia requiere más que cambios formales: requiere una señal política clara que restablezca la independencia de la DNI y la UIAF a través de un liderazgo con solvencia técnica y legitimidad, seguida de una reforma estructural que profesionalice el sistema. Esto implica consolidar una carrera de inteligencia nacional basada en el mérito y la estabilidad, así como definir una doctrina nacional que establezca prioridades estratégicas de largo plazo y trascienda los ciclos de poder.
Pero esta reconstrucción sólo será sostenible si se fortalece el control democrático real y se restablece la cooperación internacional con acciones verificables que restablezcan la credibilidad perdida. Al mismo tiempo, es necesario involucrar a la comunidad académica y a la sociedad civil en el seguimiento del sistema. Sólo así se podrá consolidar una intelectualidad independiente y profesional, entendida no como un instrumento de poder, sino como un pilar esencial de la democracia y la protección de los derechos humanos de todos los colombianos.
Juan Carlos Nieto Aldana
coronel (r)
Doctor en administración, experto en inteligencia estratégica y seguridad pública