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Fiesta taurina sin bravura en Manizales – En un click

Fiesta taurina sin bravura en Manizales

 – En un click
Crédito: Melanie Huertas – César Rincón

Por: María del Capote

Manizales, 10 de enero de 2026. La plaza respiró bastante. Manizales, se vistió de ilusión y el aire frío de la montaña le devolvió ese rumor milenario que sólo se escucha cuando el toro está por salir. Pero la noche, caprichosa y amarga, finalmente se escribió con tinta suave. Fue una fiesta cuesta arriba, de esas en las que el torero empuja y empuja… y el toro no responde nunca.

Se abrió un novillo de Ernesto Gutiérrez Arango y César Rincón salió sin duda a saludarlo con el estilo de los viejos maestros, sin un gesto extra. Tres series bastaron para comprender que la obra seguía intacta: temperamento, suavidad, dominio. La plaza se instaló en el asiento. Pero el toro pronto descubrió su verdad. Se derrumbó, se apagó como una lámpara sin aceite. En la muleta, Rincón hizo uso de la técnica, del conocimiento, de esa ciencia silenciosa que no se aprende en los libros. Por momentos logró meterlo en la muleta, pero el ataque fue prestado, sin entrega. Al final prevaleció la mansedumbre y la espada tampoco puso orden. Tres advertencias sonaron como un martillazo en la noche.

El segundo, de Juan Bernardo Caicedo, fue otro muro. Sebastián Castella se mantuvo firme, poderoso, con esa autoridad que da seguridad absoluta. El francés estuvo muy por encima de un toro que nunca quiso una pelea justa, que se fue, que protestó, que se negó a irrumpir. Castella lo amortiguó todo lo que pudo, pero la tarea transcurrió sin viento. La espada volvió a fallar y el aviso dejó claro que la tarde no era de milagros.

Juan Ortega salió con el tercero. Toro Gutiérrez, sin clase ni ritmo, de ataque desordenado. Ortega, torero de seda y compás, intentó encontrar belleza donde sólo había dureza. Intentó caminos, cambió de altura, buscó la larga fila… pero no había música para ese baile. Todo quedó en la intención, en detalles sueltos. Palmas respetuosas.

El cuarto miró al principio como si quisiera cambiar la historia. También de Gutiérrez salió como sustituto de uno de Caicedo que ya había mostrado su gentileza. Tuvo un comienzo esperanzador, una cierta alegría al principio. Rincón lo tomó con paciencia, lo llevó con cuidado. Pero fue un espejismo. El animal se desplomó sin previo aviso, se quebró y dijo basta. Otra ilusión que se desmoronó en el albero. Palmas al maestro.

El quinto aportó un poco más de movilidad. Castella volvió a ponerse al frente, decidida a no rendirse. Logró someterlo, dándole todas las ventajas, bajando la mano con mando. La faena empezó a tomar forma, la plaza se animó… y entonces el toro mostró problemas en sus manos. De repente todo se volvió frío. No quedó más remedio que acortarlo.

El sexto fue el epílogo más triste: una pequeña procesión, sin presencia ni sustancia, que ponía fin a una celebración marcada por la falta de valentía. Sin opciones, sin emoción, sin ese latido que hace vibrar las líneas.

Así transcurrió la noche en Manizales. Tres toreros de primer nivel, tres grandes nombres y un enemigo invisible: la mansedumbre. Porque cuando el toro no quiere, el arte se queda solo… y la plaza de toros lo siente.

Información del festival
Novillos de Ernesto Gutiérrez Arango y Juan Bernardo Caicedo, mansos en todas partes.

César Rincón: aplaudir después de tres advertencias y aplaudir.
Sebastián Castella: silencio tras advertencia y aplausos.
juan ortega: palmas y palmas.

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