Economía

Desmentir la mentira del salario digno – En un click

Desmentir la mentira del salario digno

 – En un click

Cada diciembre se repite el mismo escenario: cuando se habla de un aumento significativo del salario mínimo, hay voces que anuncian el fin de la economía. Que se avecina una ola de desempleo. Que las empresas cerrarán. Esa inflación se disparará. Ese «elevar el mínimo» es populismo. Ahora, con el anuncio del presidente Petar de que dirige el salario mínimo para 2026 según un salario mínimo vitalEl coro vuelve con más fuerza. Pero el país merece un debate con hechos, no con mitos.

Lo primero es entender de qué estamos hablando. Un salario digno no es una moda retórica ni un invento para “lucir bien”. Es un criterio simple y profundamente democrático: que el ingreso mínimo legal permita cubrir el mínimo para vivir dignamente. Es similar a lo que en otros países se llama salario digno, un salario que se calcula no sólo en función de la inflación o la inercia del mercado, sino también de los costos reales de la vida básica: suficiente comida, vivienda, transporte, servicios, atención médica, educación, vestimenta y un margen mínimo para hacer frente a eventos imprevistos. En Colombia, además, la idea habla de un principio que el país ha reconocido durante décadas y que está contenido en el artículo 53 de la Constitución: el mínimo vital como condición de la dignidad humana. Para decirlo sin rodeos: el trabajo no debe condenar al hombre a la carencia.

Desde esta premisa cabe preguntarse por qué es tan difícil aceptar que el salario mínimo se acerque al salario vital. La respuesta es desagradable para algunos sectores: porque el modelo de trabajo colombiano se ha acostumbrado al ajuste que siempre hace el trabajador. Que el salario llegue a “la mitad”, y el resto se solucione con deudas, regateos, exceso de jornada, informalidad o negación. Un salario mínimo vital corrige esta normalización de la inseguridad: pone sobre la mesa que la economía se mide no sólo por los balances empresariales o los indicadores macro, sino por la calidad de vida real de quienes producen, venden, transportan, cuidan y mantienen el país.

Los beneficios son inmediatos y, sobre todo, comprobables. Un mínimo cercano a lo vital reduce la pobreza laboral, que es una de las tragedias silenciosas de Colombia: personas que trabajan todo el mes y aún no pueden cubrir lo básico. Mejora la nutrición y la salud, reduce el estrés financiero, reduce la rotación y fortalece la estabilidad en los hogares. Un trabajador que tiene menos carga de supervivencia es también un trabajador con mayor capacidad para mantener rutinas, aprender, formarse y proyectarse por sí solo. Y una familia con ingresos más estables tiene más probabilidades de apoyar la educación de sus hijos, y no de abandonar los estudios. Todo es productividad social, aunque algunos prefieran no llamarlo así.

Vayamos ahora al meollo del debate: la campaña del miedo. La primera mentira es que un salario mínimo más alto necesariamente destruye empleos. Esa afirmación se repite como dogma, pero la realidad es más compleja. El impacto del salario mínimo depende del tamaño del aumento, el nivel de cumplimiento, la estructura sectorial, la capacidad de transferir productividad, el acceso al crédito, la competencia y, lo más importante, el nivel de informalidad. En un país donde una gran parte del mercado laboral ya está fuera de la formalidad, culpar al salario mínimo de todo el desempleo es una forma de evitar discusiones más profundas: por qué la formalidad es costosa, por qué la inspección laboral ha sido históricamente débil, por qué la productividad no está democratizada, por qué el tejido de las pequeñas empresas está tan expuesto a shocks de demanda y financiamiento. Si el empleo fuera una función mecánica del salario mínimo, Colombia habría resuelto su informalidad congelando los salarios hace décadas. No sucedió. Porque el problema es estructural, no el número del decreto.

Otra mentira es que el salario mínimo inevitablemente causa inflación. La inflación es más bien un fenómeno causal: depende de los alimentos, la energía, las tasas reguladas, las expectativas, los tipos de cambio, los márgenes intermediarios y las condiciones internacionales. El aumento de los salarios puede ejercer presión sobre los costos en algunos sectores, sí, pero también puede aumentar la demanda en otros y mejorar la capacidad de pago sin necesariamente crecer. La idea de que cualquier aumento será «devorado por la inflación» es también una profecía autocumplida si renunciamos a los abusos de la regulación, la promoción de la competencia, la reducción de la intermediación y la práctica de prácticas especulativas. La cuestión no es negar los riesgos; La cuestión es dejar de convertir el riesgo en chantaje. Un Estado serio gestiona las tensiones, no se deja paralizar por ellas.

La tercera mentira es moral y económica al mismo tiempo: que si la empresa no puede pagar un salario digno, entonces es «natural» pagar lo que puede, y el trabajador se adapta. Esa lógica invierte la responsabilidad. Una economía de mercado no se basa en salarios de supervivencia, sino en la productividad, la innovación, la calidad, la eficiencia logística, el acceso a la financiación y la capacidad de competir en condiciones justas. Si el segmento empresarial enfrenta márgenes ajustados, la respuesta inteligente no es condenar al trabajador a ingresos insuficientes, sino diseñar transiciones: alivio focalizado y temporal, apoyo a la formalización, simplificación tributaria y regulatoria, crédito productivo, asistencia técnica, adquisiciones públicas que abran el mercado y una lucha frontal contra la competencia desleal del empleo informal que destruye la competencia formal. Proteger a las empresas y el trabajo decente no son objetivos incompatibles; Lo que es incompatible es buscar la prosperidad a partir de la inseguridad.

La cuarta mentira, quizás la más repetida, es que aumentar el salario mínimo «beneficia a unos pocos» y, por tanto, es inútil. Este argumento ignora dos realidades. La primera es que el salario mínimo funciona como referencia para múltiples escalas salariales, negociaciones y contratos. La segunda es que, incluso cuando no todo el mundo gana exactamente el mínimo, el umbral mínimo legal afecta la dignidad y el poder de negociación. Además, cuando aumenta la renta de los hogares con menor capacidad de ahorro, ese dinero no va a paraísos fiscales ni permanece inmóvil: se convierte en consumo en comercios, servicios, transporte, comida, alquiler. Este ciclo dinamiza las economías locales y fortalece la demanda interna, que es una de las palancas de crecimiento más estables.

Nota recomendada: Petro sugiere un salario mínimo vital

Por supuesto, hablar de un salario mínimo vital no significa fijar cifras sin responsabilidad técnica. Esto significa un cambio de marco: dejar de tratar el salario como una variable que debe mantenerse «por si acaso», y empezar a tratarlo como un medio legítimo de bienestar y desarrollo. Esto significa comprender que el crecimiento que no se sienta en la mesa de la mayoría no es crecimiento sostenible. En resumen, significa abandonar la idea de que la dignidad es un lujo macroeconómicamente insostenible.

El salario digno es incómodo porque plantea una pregunta que muchos quisieran evitar: ¿para quién trabaja la economía? Si el trabajo no es suficiente para vivir, el problema no es que el trabajador busque dignidad; El problema está en un país que ha normalizado la escasez como destino. En 2026, no debería haber debate sobre si las personas merecen vivir mejor. La discusión debería ser si seguimos creyendo en los mitos repetidos o si decidimos de una vez por todas que el trabajo en Colombia debe ser suficiente para vivir.

alejandro toro

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