En Colombia el acoso sexual siempre ha estado presente, no sólo en el ámbito laboral sino también en las universidades. Y no es algo que haya cambiado; Al contrario: se copia cada día en empresas públicas y privadas, sustentada en una cultura del silencio que sigue recayendo, injustamente, sobre las víctimas. Lo verdaderamente aterrador no es sólo el carácter repetitivo del fenómeno, sino su normalidad, su capacidad de adaptarse a las nuevas generaciones sin perder su esencia: el abuso de poder.
Por lo tanto, es vergonzoso que en el reciente caso de Caracol Televisión no se hayan hecho públicos los nombres de los imputados. La decisión, blindada en motivos legales, deja un sabor amargo en una sociedad que exige transparencia, especialmente a un medio que tiene motivos para informar. En un entorno como Colombia, donde el anonimato ha sido históricamente el mejor aliado del abusador, el secreto corporativo corre el riesgo de convertirse en un encubrimiento sofisticado.
El comunicado de la dirección de Noticias Caracol, en el que dice estar del lado de las víctimas, marca una posición necesaria pero no satisfactoria. No basta con declarar un compromiso: el verdadero periodismo se mide por la coherencia entre el discurso y la acción. Y ahí es donde surgen las dudas. ¿Pueden los medios exigir una aclaración a la dirección? a otras potencias mientras gestiona sus propias crisis internas por precaución o miedo?
Lo que ha surgido en los últimos días, impulsado por iniciativas como #YoTeCreoColega y #MeTooColombia, no es un hecho temporal, sino la punta de un iceberg. Decenas de testigos han comenzado a mostrar un patrón inquietante: los jóvenes periodistas, a menudo en situaciones precarias o en fase de formación, se enfrentan a figuras establecidas que utilizan sus puestos para cruzar fronteras. No se refiere a eventos individuales o malentendidos; Se trata de relaciones de poder desiguales que encuentran un terreno fértil en la falta de una supervisión eficaz.
El apoyo de organizaciones como ONU Mujeres y Sisma Mujer, así como la creación de canales seguros para recibir denuncias, revela una desagradable realidad: las víctimas confían más en otras redes que en el sistema estatal. Y no es gratis. En Colombia, la mayoría de los casos de violencia sexual no llegan a las autoridades judiciales, no por falta de gravedad, sino por la certeza de que el sistema suele ser lento, renueva a la víctima o, en el peor de los casos, ineficaz.
A este escenario se suma algo aún más preocupante: una historia de impunidad. Casos como el de figuras públicas reportados en años anteriores, donde las quejas terminaron diluidas o incluso contraproducentes para quienes se presentaron, refuerzan la opinión de que el costo de hablar puede ser demasiado alto. En estas situaciones, el silencio deja de ser una elección y se convierte en un método de supervivencia.
La respuesta del gobierno, incluido el anuncio de controles laborales, llega en un momento crítico, pero plantea una pregunta fundamental: ¿se trata de una acción para transformar o simplemente para frenar el daño a la reputación? Porque el problema no se resuelve con acciones especiales o declaraciones de apoyo. Requiere cambios fundamentales en la forma en que operan las organizaciones, cómo se manejan las quejas y, sobre todo, cómo se distribuye el poder en los lugares de trabajo.
El periodismo colombiano vive hoy una difícil prueba de credibilidad. No puedes limitarte a denunciar lo sucedido como si fuera un factor externo; Tienes que asumir que es tu propia crisis. La protección de las víctimas no puede ser selectiva ni condicional. Si las organizaciones de noticias no pueden garantizar un entorno seguro, todo discurso sobre la justicia pierde su validez. Porque aparte de los nombres que hoy no se conocen, es evidente que el problema sigue intacto. Y aunque algo está empezando a cambiar, el resultado es inevitable: todavía queda un largo camino por recorrer antes de que surjan estos problemas.
Este no es el momento de guardar silencio
XG