Hay señales que, por repetirse, dejan de sorprenderse y empiezan a preocuparse. La televisión pública en Colombia, concebida como un bien público al servicio de todos, atraviesa uno de esos momentos críticos donde su razón de ser parece diluirse. Lo que debería ser un espacio de encuentro plural se ha convertido, silenciosa pero repetidamente, en un escaparate que privilegia una historia. Y cuando el Estado habla con una sola voz, la democracia se empobrece.
El problema no es nuevo, pero hoy alcanza niveles preocupantes. Bajo el gobierno de Gustavo Petro, el sistema de medios públicos ha sido sometido a un uso político, desdibujando sus límites institucionales. No se trata simplemente de una afinidad editorial, inevitable en cualquier administración, sino más bien de una tendencia sistemática a utilizar estos canales como plataforma para legitimar el poder y al mismo tiempo descalificar a quienes se oponen a él. El resultado es un ecosistema de información menos equilibrado y, por tanto, menos fiable.
Hace más de 15 días, la fiscalía estatal decidió intervenir e iniciar investigaciones preventivas sobre las irregularidades ocurridas. El objetivo es claro: comprobar si el sistema de medios oficial no ha cumplido principios básicos como el pluralismo, la neutralidad y la transparencia. No es un asunto menor. Se trata esencialmente de una revisión del uso de los recursos públicos en el centro del debate democrático.
La advertencia no viene sólo de la esfera interior. La Comisión Electoral de la Unión Europea registró un fenómeno preocupante: la cobertura de los medios estatales favoreció visiblemente al presidente, su gobierno y las fuerzas políticas que lo apoyan. Si bien el proceso electoral se consideró técnicamente correcto, el desequilibrio informativo crea una distorsión que no se puede ignorar. La competencia política no sólo se define en las urnas, sino también en las condiciones bajo las cuales los ciudadanos obtienen acceso a la información.
Lo más delicado es que esta situación no parece casual. Patrones repetitivos, visibilidad selectiva, prácticas editoriales sesgadas, marginación de voces críticas configuran un escenario donde la televisión pública deja de ser árbitro y se convierte en actor. Y cuando éste toma partido, el sistema participativo pierde legitimidad. Nunca antes se había visto una intervención gubernamental tan abierta en tierras que deberían estar bien protegidas.
La falta de respuestas claras por parte de los responsables no hace más que aumentar la preocupación. El silencio público, lejos de disipar las dudas, las aumenta. Los ciudadanos tienen derecho a conocer la base sobre la cual se toman las decisiones mediante procedimientos financiados con sus impuestos. Y sobre todo, tienes derecho a recibir información que no esté sujeta a intereses políticos actuales.
La pregunta de fondo sigue sin respuesta: ¿quién detiene al presidente Petro? Los organismos reguladores están llamados a actuar de forma independiente, pero también con rapidez y decisión. El país no puede normalizar la detención de ciudadanos en beneficio del gobierno, cualquiera que sea su etiqueta política. Proteger la televisión pública no es una peculiaridad técnica ni un desacuerdo ideológico: es una condición necesaria para preservar la democracia. Colombia no puede permitirse el lujo de fracasar nuevamente en esta misión.
Palabras finales: ¿Qué pasa con la dimisión de Hollman Morris? Las quejas graves y reiteradas provienen de diferentes mujeres; la exigencia de su salida, irónicamente, por parte de la propia clase petrista. Pero el gobierno guarda silencio. Una yuxtaposición curiosa: intransigente por fuera, indulgente por dentro.