Economía

Usme: la desconexión rural que Bogotá ya no puede ignorar – En un click

Usme: la desconexión rural que Bogotá ya no puede ignorar

 – En un click

Usme produce buena parte de las papas que consumen los más de nueve millones de habitantes de Bogotá, junto con verduras, arvejas, frijoles y otros alimentos esenciales, lo que indica que es un pueblo rural y campesino del siglo XXI, aunque el pueblo (y su dirigencia) no asumió esa verdad. Bogotá dice ser una ciudad moderna que mira hacia el futuro, pero basta visitar Usme para descubrir que buena parte de ese futuro se basa en un territorio profundamente olvidado, máxime cuando se habla de una ciudad que es la puerta de entrada al pantano de Sumapaz, el ecosistema de alta montaña más grande del mundo, y además un territorio habitado según datos recientes de 0 a 02 habitantes de este distrito, de casi 02 415. Hace que Usme tenga más habitantes que capitales departamentales como Popayán. Tunja, Florencia, Neiva, Riohacha, Yopal o Quibdó, lo que significa que estamos ante un territorio cuya dimensión demográfica supera ampliamente a la de las ciudades que reciben inversión nacional, infraestructura y fuerte representación política.

La paradoja es repentina, porque Usme pertenece a Bogotá, pero Bogotá no interpreta realmente a Usme y no parece interesada en conectarlo con el distrito, ya que sus habitantes son ciudadanos de la capital, pero viven en condiciones que se asemejan más a áreas rurales remotas que a una ciudad de la ciudad más rica del país. Mientras otras localidades enfrentan los problemas típicos del entorno urbano, los «agricultores urbanos» de Usma con sus minifundios (pequeñas parcelas familiares que podrían ser los motores del desarrollo agrícola) siguen atrapados en el ciclo de la pobreza por falta de crédito, falta de infraestructura y apoyo técnico. Se enfrentan a desafíos completamente diferentes, desde lodo intransitable, inundaciones de basura, hasta la falta de sistemas de transporte adecuados para el transporte de alimentos que mantengan la seguridad alimentaria de la capital.

A esta realidad se suma el drama cotidiano que pocas veces aparece en la agenda pública cuando miles de usmeños deben recorrer largas distancias durante horas, a través de un sistema de transporte inseguro, para llegar al centro de Bogotá en busca de salud, educación, trámites o servicios distritales. Aunque viven dentro del perímetro urbano, funcionan como ciudadanos aislados, obligados a desplazarse como si vivieran en otro municipio, y no en una ciudad cuya población supera el número de habitantes de varios departamentos. Es una radiografía de la desigualdad colombiana: quienes producen los alimentos de la ciudad viajan más y sufren tres veces más para conseguir el mínimo que Bogotá necesita garantizar.

Esta desconexión no es temporal, sino estructural, ya que Usme se ha convertido en el espejo más incómodo del modelo de desarrollo de Bogotá, un modelo que se ha concentrado en el norte y los corredores económicos, pero ha dejado en un segundo plano las zonas rurales del sur. Hoy Usme es un territorio demasiado grande para el Distrito, que no estaba estratégicamente integrado a la visión de ciudad-región con Cundinamarca, y que tampoco era una prioridad del Gobierno Nacional. Esta triple omisión es grave, cuando no se puede hablar de seguridad alimentaria, ordenamiento territorial o justicia social sin integrar la ruralidad de la capital al proyecto urbano.

Así, el debate sobre Usma no es una cuestión local, sino una cuestión política a nivel metropolitano y nacional. Si Bogotá quiere luchar contra la pobreza campesina y aprovechar su vasto potencial agrícola, debe integrar plenamente a Usme con la ciudad y el campo, incluidos sistemas de crédito rural accesibles, caminos agrícolas decentes, transporte moderno de alimentos, conectividad digital avanzada, centros de acopio, apoyo técnico y diversas políticas para la ruralidad urbana. Usme no necesita bienestar: necesita voluntad política para inversión, planificación, infraestructura y mucha presencia institucional que reconozca su importancia estratégica. Un pueblo con más habitantes que Popayán o Neiva no puede seguir siendo tratado como un adjunto rural sin derechos.

Y aquí surge la pregunta clave: ¿quién representa a Usme en el Congreso? La respuesta es embarazosa: nadie. Los 18 diputados a la Cámara por Bogotá no han incluido la ruralidad de la capital en sus agendas legislativas, no piensan en el territorio y no han asumido el deber político de vocería de los lugares rurales de la ciudad. Por eso, antes del 2026, la discusión es inevitable: Bogotá necesita representantes que entiendan que la ruralidad también es Bogotá; que Usme necesita voz en el Congreso, en el Distrito y en la Ciudad Región; y que ningún proyecto de desarrollo será sostenible si sigue ignorando el territorio que alimenta a la capital.

Usme produce, Bogotá gasta, pero el país no se conecta. Esa ecuación ahora debe romperse. Si la ciudad quiere ser moderna, justa y sostenible, debe integrar plenamente su lugar más rural y uno de los más poblados, cuando Usme no puede seguir siendo un almacén agrícola que alimenta a millones de hogares y permanecer separado del Estado y la política. Esta debe ser una prioridad central de la agenda política 2026, dando voz a los territorios olvidados y garantizando que Usme (con su tamaño, su población y su potencial) tenga representación real, inversión efectiva y plena integración con la ciudad y el estado.

Luis Fernando Ulloa

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