


A finales de los años 1970, la idea de que un reactor nuclear pudiera caer del espacio dejó de ser ciencia ficción y se convirtió en un verdadero problema sobre la mesa de varios gobiernos. Un satélite soviético con un reactor a bordo. Había perdido el control y se dirigía hacia la atmósfera terrestre, sin que nadie pudiera precisar dónde acabarían sus restos ni qué consecuencias tendría el impacto. En medio de la Guerra Fría, el secretismo y la urgencia marcaron las decisiones. A partir de ahí surgieron preguntas que hoy siguen siendo incómodas: qué hacía un reactor nuclear en órbita, por qué se aceptó ese riesgo y qué pasa cuando la tecnología se escapa del guión.
Como señala CBCEl 24 de enero de 1978, el satélite soviético Kosmos-954 volvió a entrar en la atmósfera terrestre tras semanas de seguimiento por parte de radares estadounidenses. Nadie sabía con certeza dónde caería ni en qué estado llegarían sus restos al suelo. Finalmente, fragmentos del dispositivo quedaron esparcidos por una vasta región del norte de Canadá, desde los Territorios del Noroeste hasta áreas que ahora forman parte de Nunavut y el norte de Alberta y Saskatchewan. Lo que comenzó como un problema de control orbital de repente se convirtió en una emergencia internacional con implicaciones científicas, diplomáticas y sanitarias.
El día que la Guerra Fría dejó restos radiactivos sobre Canadá
Kosmos-954 no fue ni un satélite científico ni una misión experimental aislada, sino una pieza más de un sistema militar soviético diseñado para vigilar los océanos. Formaba parte de la serie US-A, diseñada para localizar grandes barcos, especialmente portaaviones estadounidenses, mediante radar. Para alimentar este sistema, muy exigente en términos de consumo energético, la Unión Soviética recurrió a un reactor nuclear compacto, solución que permitió operar durante largos períodos sin depender de placas solares. Esta elección técnica explica por qué el satélite llevaba material fisionable a bordo y por qué su pérdida generó tanta preocupación.
El corazón tecnológico de Kosmos-954 era un reactor BES-5, conocido como “Buk”, desarrollado específicamente para los satélites militares soviéticos. Este tipo de reactor utilizaba uranio-235 y fue diseñado para alimentar el radar del sistema US-A durante la vida útil del satélite. La BBC estima que se lanzaron 31 dispositivos con BES-5 para esta familia de satélites, y sitúa el uso de reactores en el espacio hasta finales de los años 80, con lanzamientos que se prolongaron hasta 1988. Esa historia no era una línea clara, según la BBC: hubo fallos y accidentes previos, incluidos graves problemas en uno de los primeros vuelos en 1970 y la caída de otro reactor al océano Pacífico tras un fallo del lanzador en 1973, además de El plan de seguridad del plan contemplaba trasladar el núcleo a una órbita de desechos para evitar su regreso a la Tierra.
Historias operativas del Ártico explica que Las señales de que algo andaba mal llegaron semanas antes del reingreso. Los sistemas de seguimiento detectaron que Kosmos-954 iba perdiendo altitud progresivamente, anomalía que indicaba un fallo grave en su control orbital. Estados Unidos empezó a seguir su trayectoria con especial atenciónconscientes de que el satélite tenía un reactor nuclear a bordo. La gran incógnita no era sólo cuándo caería, sino si el sistema de seguridad soviético lograría separar el núcleo y enviarlo a una órbita segura antes de que el dispositivo entrara en la atmósfera.
Cuando se confirmó que los escombros habían caído en territorio canadiense, el problema adquirió una dimensión completamente nueva. Las autoridades sabían que los fragmentos estaban esparcidos en una región vasta, en gran parte remota y cubierta de nieve, lo que dificultaba cualquier evaluación rápida. Las primeras mediciones detectaron radiación en algunos puntos, aunque sin un mapa claro de la contaminación. Ante esta incertidumbre, Canadá tuvo que decidir rápidamente cómo proteger a la población y cómo localizar materiales potencialmente peligrosos en un entorno extremo.
Para afrontar una situación sin precedentes, Canadá recurrió a la cooperación internacional. La Operación Morning Light movilizó a militares, científicos y técnicos canadienses y estadounidenses, muchos de ellos de unidades especializadas en emergencias nucleares. Desde bases improvisadas en el norte se organizaron vuelos equipados con sensores capaces de detectar la radiación del aire. Cada señal anómala dio lugar a inspecciones más detalladas, en una carrera contrarreloj marcada por el frío extremo y la falta de infraestructura.
A medida que continuaba la búsqueda, quedó claro que la contaminación era más compleja de lo esperado. No sólo aparecieron fragmentos visibles del satélite, sino también partículas radiactivas mucho más pequeñas, difíciles de detectar y eliminar. Esto obligó a los equipos a extremar precauciones ampliar las áreas de seguimiento. Al mismo tiempo, se inició un delicado trabajo de comunicación con las comunidades del norte, quienes querían saber qué riesgos reales existían para la salud, el agua y la fauna de la que dependían.
Con el paso de las semanas, la operación redujo sus objetivos. La fase oficial de Morning Light duró 84 días, aunque CBC describe que el esfuerzo de búsqueda se extendió durante la mayor parte de 1978 y la búsqueda abarcó un área de 124.000 kilómetros cuadrados. En este proceso se recuperaron 66 kilogramos de restos y Canadá consideró contenida la amenaza inmediata a la población y al medio ambiente. El coste económico se elevó y Ottawa reclamó 6,1 millones de dólares a la Unión Soviética, que en 1981 aceptó pagar la mitad, abriendo un proceso diplomático inusual para un incidente de este tipo.
El caso de Kosmos-954 no se cerró con la retirada de los restos del suelo. En los meses posteriores, el incidente llegó a foros internacionales y alimentó un debate incómodo sobre el uso de la energía nuclear en el espacio. Varios países exigieron mayores garantías de seguridad y más transparencia en los programas que, hasta entonces, se había desarrollado bajo un fuerte secreto. El episodio sirvió para reforzar la idea de que los accidentes espaciales no entienden de fronteras y que sus consecuencias podrían afectar directamente a terceros países.
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